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Algunos residentes de Puerto Colombia se han resignado a que el viejo Muelle se perderá totalmente, y ya imaginan otras formas de aprovecharlo.


El único muerto que Cosme Peñate no puede sacar del fondo del mar es el muelle de Puerto Colombia. Y entre algunos porteños crece la resignada convicción de que lo mejor para todos es eso, que se caiga por completo y lo dejen ahí, sepultado bajo las olas de abandono que lo están tumbando desde 2009. Quizá entonces la cercenada pasarela esquelética deje de ser un recuerdo amargo, y el punching bag más largo del mar Caribe, para ayudar a florecer una nueva vida desde sus entrañas.

Cosme ya no quiere hablar de él, ni de las decenas de cadáveres que alguna vez les arrancó a las saladas corrientes negras entre sus 1.300 metros de bases de cemento con varilla. Cada uno de los más de 80 collares que le penden del cuello tostado representa un ahogado que volvió a traer a tierra firme. Pero esa historia, como la del muelle, es vieja. Un dolor que está más abajo y más adentro, en lo profundo de la cadera, es lo único que le importa ahora. Porque hasta el viejo héroe del viejo muelle se hunde, como él, a la vista de todos y sin que el esplendor del pasado traiga a flote ninguna ayuda.

El rescatista llegó a convertirse en mito urbano; no siempre hubo servicio de salvavidas en la población costera. Ahora hay 46. Antes estaba él. A 15 minutos de Barranquilla, Puerto suele ubicarse en lo más bajo de las estadísticas de homicidios en el Atlántico. En los primeros seis meses de 2015 solo se ha registrado un asesinato, y en todo 2014 hubo tres, según datos de la Policía; lejos del promedio de 300 anual que reporta la capital. En cambio, son comunes las noticias de bañistas que se pierden en los 17 kilómetros de playas en jurisdicción del municipio, porque se adentran demasiado en las poderosas corrientes sin calcular las consecuencias. El mar cobró la vida de 10 personas en 2012, nueve en 2013, seis más en 2014 y cuatro en lo que va de este año.

Desde hace tres meses Cosme no recupera ningún cuerpo. Es más, no ha podido recuperar el suyo.

Lejos, entre anaqueles de hojas amarillas en el archivo histórico del Atlántico, Cosme es referenciado como “un gran nadador” por Helkin Núñez. Es él quien menciona su nombre como una de las muestras vivas de una tradición –y atractivo turístico- que ha perdurado a pesar de que el Muelle esté partido en tres. “Muchachos alquilan lanchas y se suben a la estructura de la casilla. Por muy caída, por muy destruida que esté, siguen habiendo clavadistas”, dice Núñez. Estudia la historia de Puerto Colombia desde que tiene “10 años”. Hoy cuenta 50, y trabaja como ‘médico’ de periódicos antiguos, haciéndoles reparaciones para conservarlos y digitalizarlos.

“Yo ya no me tiro, ni nada”, dirá, al dejarse encontrar al final de la playa, Cosme, que también tiene 50 años y está cansado de las entrevistas, los artículos y las cámaras. Ha contado sus proezas varias veces y nada pasa. Ni arreglan el muelle ni su vida mejora.

Hoy, con los ojos inyectados de furia roja, probará suerte contando sus desgracias. “Estoy esperando la resonancia esa. Como aquí esa vaina de las EPS es cada mes, cada 15 días, cada 20 días. Uno tiene que esperar”. Hace tres meses se resbaló por una loma, cuando venía cargando un tanque de agua hacia su caseta. A él lo tuvieron que llevar cargado al hospital. Desde entonces anda vendado, renqueando como un borracho por todo el pueblo. Lo atienden con un carné del Sisbén, de Caprecom. Lo que ha tenido que esperar parece nada frente a los 122 años de aplazamientos que ha soportado el Muelle. Apenas una forma más concreta de desidia gubernamental.

A flote. Lo último que se caerá del Muelle de Puerto es su caseta, sentencia Helkin Núñez. Sus dos pisos, que por años sirvieron de trampolín para los clavadistas porteños, aún se pueden divisar desde la orilla que dejó la última mordida del mar. Se ve firme, inexpugnable y ajena a la turbulencia marrón de estallidos espumosos que la rodea; una marejada cortada por barrotes torcidos, que emergen como tentáculos de un kraken oxidado. Por allá en el 1889, esa garita hoy solitaria fue el corazón de la actividad portuaria del país, el cerrojo de la ‘Puerta de Oro de Colombia’.

Era la oficina del Ferrocarril y Telégrafo de Bolívar. Allí se caracterizaba la mercancía que entraba legalmente. Dos o tres empleados maniobraban banderas de diferentes colores para comunicarse con los capitanes de los vapores que querían atracar. En un malecón de más de 600 metros, 32 cuadrillas trabajaban día y noche. Atracaban hasta cinco buques, cuatro a lado y lado, y uno en el extremo. Desde 1942, cuando cerró la actividad portuaria, quedó en desuso solo una de sus funciones. Luego, “se dice que unos de los primeros clavadistas fueron Gabriel García Márquez, Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, que cuando el mar parecía una piscina se tiraban desde la punta y llegaban nadando a Pradomar”.

Todo lo que rodeaba la caseta se fue al fondo del mar. Núñez sostiene, quitándose las gafas en su oficina, que estudios de la época demuestran que los cimientos de la garita son los únicos que están en una roca geológica gigante. Por eso no descarta volver a ver a los ‘Cosmes’ llegando en lanchas a lanzarse desde lo alto. “Todas las partes del Muelle se van a caer, menos esta estructura”. Y prefiere eso. Olvidar los proyectos de restauración y que todo lo demás se quede en el fondo del mar.

“De alguna u otra forma somos conscientes de que paulatinamente todo el muelle va a caer”. Dice que la arremetida del mar en el fondo es contundente, a cada segundo, y desde la desaparición de la barrera natural que formaba Isla Verde “no lo podemos contener”, dado que no existe un tajamar que cubra su franco derecho. “Pero así en el fondo del mar el Muelle de Puerto va a seguir siendo historia”.

Habitantes. En el extremo del Muelle de Puerto Colombia está el Titanic. No ese otro grande que se hundió, sino un pequeño tenderete manejado por Carlos Gómez. Mejor conocido como “el Timón del Sabor”, como se lee en sus costados, tapizados con imágenes de futbolistas. Lleva una camiseta del Inter de Milan, arrugada y desteñida como su piel. Es pura casualidad. Por ningún motivo quería llevarle la contraria a su coterráneo Carlos Bacca, que acaba de firmar contrato con el archirrival de ese equipo italiano, el AC Milan, en un negocio por cerca de 30 millones de euros.

Gómez, de 54 años, dice que veía a Bacca desde que era un muchacho que cobraba pasajes en los buses. Desde que la cantidad de turistas que se subían al Muelle “parecía un desfile de Carnaval”. Lleva 20 años sobreviviendo en la orilla del Muelle, a punta de cocteles de mariscos. Un curso de manipulación de alimentos y otro de relaciones humanas en el Sena fueron los insumos para montar el negocio con que ha sostenido a sus cuatro hijos. “Antes se cogía todo por aquí. Ostra, chipi chipi, camarón”. Ahora debe ir a comprar su cargamento al centro de Barranquilla, cada mañana. Las ventas han bajado, pero aún conserva clientela. “Hay gente que sigue llegando”, dice, dejando ver que sus dientes también cayeron. Tampoco le interesan promesas de rehabilitación ni grandes planes, solo “que arreglen el malecón, la parte de las playas”.

La ostrería el Titanic es una entre varias que le exprimen las últimas gotas de turismo a la entrada del cadáver del monumento. Están también La Fragata, El Galeón, Eli. La brisa marina arrastra el sonido de un acordeón enguayabado de mañana de jueves. Ya no hay anuncio de bienvenida. Pasa una parejita abrazada, que deja atrás la señal de prohibido el paso. Se ven unos 12 pescadores, como coágulos a lo largo de esa costra que se prolonga sobre el mar, y que el agua va arrancando pedazo a pedazo.

En el horizonte, la garita que le solía servir de trampolín a los clavadistas de Puerto. Entre ellos, Cosme. Haga clic en la imagen para ver galería.

En el fondo. De repente Núñez deja ver las filigranas de sus sueños salados, en los que futuras generaciones hacen excursiones subacuáticas y “redimensionan nuestra historia” explorando el muelle que duró más de 30 años cayéndose. “Van a encontrar un gran arrecife. Va a establecerse una de las reservas marinas más grandes del Caribe”. La muerte del Muelle sería, así, un sacrificio necesario para que renazca todo el municipio. “Puerto Colombia podrá resurgir, con otros procesos turísticos, llamativos desde un punto de vista ecológico”. En su argumentación, Núñez se resigna a que nadie de esta generación llegaría a verlo. Pero en su imaginación, el panorama es claro. Habrá grandes escuelas de buceo y nado en los alrededores. Muchos más conocerán ese universo tantas veces visitado por Cosme con motivos mortuorios. Vendrán de todos lados a ver la reserva de vida que nace entre las ruinas. “Porque va a ser el arrecife más largo del mundo. Porque va a tener la misma estructura y la misma dimensión, kilómetro y medio. Eso no lo tiene todo el mundo, no lo tiene ninguna parte”.

En realidad, si la proyección se cumple, el de Puerto sería el segundo arrecife más grande del mundo, después de la Gran Barrera de Coral en Australia, que se extiende por más de 2.000 kilómetros. En todo caso sería bastante grande, una vez transcurran los miles de años que tarda en formarse la capa coralina. Y el problema es que también requeriría protección, tal como cuando el Muelle flotaba sobre el agua.

Turismo moribundo. “¡Mire, se acabó la playa!”, grita Ángel Meza, un casetero que corre agitado por el Muelle, cuidándose de no resbalar en los charcos negros, las cabezas de chivo tornasoladas y las tripas regadas que les sirven de cebo a los pescadores, al identificar la cámara de un periódico. “La gente viene es a ver la destrucción de esto. Pero a pesar de todo, viene”. Dice que perdió su juventud aquí, atendiendo turistas. “El 40% de los habitantes de Puerto viven del turismo”.

El censo del Dane registró en 2005 que el municipio tenía 27.837 habitantes. Pero ha tenido un crecimiento poblacional anual por encima de la media nacional, sobre todo por el auge de nuevas casas y urbanizaciones en Villa Campestre, en el valorizado sector del corredor universitario. La Alcaldía calcula que hoy hay más de 50.000 habitantes. Muchos de los nuevos porteños en realidad son ejecutivos de Barranquilla.

Ángel, 36 años y 3 hijos, es uno de los viejos. Otro más al que dejaron de importarle las promesas de recuperación. Solo le preocupa que mantengan viva la playa, y su zona de pesca. “Que le echen tierra, piedras para que aguante la presión del mar, para que no haya un desastre, una desgracia. Que hagan algo, pero que lo hagan urgente”, dice, y señala hacia las bases donde el muelle empieza a entrar al mar. Le preocupan los arañazos en la orilla, más que los ganchos al hígado que recibe el esqueleto resquebrajado con cada ola. No conoce a Núñez, pero está de acuerdo en algo que también mencionó, alejado de utopías y promesas de remodelación total: se necesita rehabilitar, tan siquiera, los 200 metros de la entrada al monumento en ruinas. Que se haga realidad, al menos, el último proyecto anunciado. Lo demás poco importa. Le basta con que los visitantes tengan un lugar para pasear. Antes caminaban 1.300 metros y volvían con hambre. Ahora vienen, dan la vuelta y se despiden. Así, cada vez son menos los que caen en su atarraya de bandejas de mojarra con patacón a $15.000.

Rincón gris. Hay que caminar más de 20 metros entre rocas resbaladizas y palos para encontrar una orilla apta para el vacile humano en los alrededores del Muelle. Es también la ruta que hay que seguir para encontrar el hogar de Cosme, cuya leyenda se mantiene viva en la plaza y el muelle. Dicen que sus inmersiones podían extenderse hasta por dos minutos. Las primeras casetas que aparecen recuerdan más un caserío wayuu que una playa, armadas algunas con bolsas plásticas y telas descosidas sobre arena gris. Perros flacos descansan en la sombra. Desde allí, se puede ver el grosor de punta de lápiz de las columnas que sostienen la plataforma. Hace falta verlo para entender que los avisos de “peligro” van muy en serio.

Cuatro casetas después de KZ Estrella del Mar, luego de pasar el aviso que dice “Techo rojo” en una llanta enterrada en la arena, está la casa de Cosme, la última antes de que la montaña corte de súbito la orilla. Pasan dos niños volando un par de cometas de papel, únicos rastros blancos en el cielo azul despejado. A espaldas del lugar, un pescador barrigón trata de arrancarle unos cuantos “lebranchitos” para carnadas a un charco que rivaliza en desecamiento con el Lago El Cisne: es la vieja ciénaga de Balboa, casi desaparecida. Una mariamulata negra salta de allí con su presa en el pico y una perra dorada llamada Solimar se sacude tras un baño. Afuera de la casucha de Cosme hay una mecedora. Una botella vacía de licor de whisky Gold Drink. Una bicicleta con una bandeja. Tablones ennegrecidos forman una caja de un par de metros, con techo de palma seca y palos torcidos como columnas. El dolor lo mantiene encerrado adentro, enfurecido y apiñado entre cajas y sillas plásticas. No logra ubicar bien el dolor, si es en la cadera o en la columna. Ha aprendido que tiene que ponerse una faja con vendas “para medio poder caminar”, y que tiene que quitársela para acostarse e intentar dormir, pues “la cama tiene unas varillas y me incomoda”. Ya no rescata a nadie. Ya no se ve fornido ni luce sus collares con orgullo, como en las viejas fotos. La piel y los músculos parecen apretados contra los huesos. Se mantiene en pie, rígido y golpeado como metal y concreto que se dobla pero no se rompe. Sin poder ocultar el malestar, insiste que no quiere recordar sus rescates. El dolor recrudece cada vez que sale a comprar cervezas y alquilar sillas, para ganarse unos pesos si alguien tiene el valor de llegar hasta aquí.

“Me han ordenado medicamentos para calmar el dolor, pero eso es un pañito. Medio se calma y vuelve otra vez”, termina gritando, volteando la cara para otro lado. Parece encolerizarlo la sospecha de estar inspirando lástima, o, tal vez, la posibilidad de inspirársela a sí mismo. Con su silencio, cuestiona la utilidad de andar denunciando lo que todos pueden ver y todos dejan ser.

“Estoy esperando lo que dictan las placas esas, porque no sé qué será lo que tengo ahí. Ahora que me las tomen ya sabré si tengo este hueso partido, desarmado. Estoy igual desde el día que me caí”. Como el Muelle. Igual desde que se cayó. Recibiendo guantazos de la naturaleza. Esperando que alguien le tire la toalla antes de un knockout definitivo.

Con algo de suerte para el Muelle, ya en sus bases se han empezado a formar corales. Si la vieja puerta del progreso se entrega en su totalidad al mundo submarino, no todo es pérdida. Abre, sin proponérselo, la posibilidad a una nueva colonización multicolor, en una paradójica recuperación de su esencia. El naufragio de una sociedad pasada, más inconsciente, como tesoro de una nueva. Serían otros los récords y las historias, ya no de buques sino de esnórquel. Y aunque no haya Cosmes ni turistas, siempre se puede contar con que habrá toda una nueva urbanización de pulpos, calamares y estrellas de mar porteñas. Probablemente más amables de cuidar y visitar que las rocas.











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